8 sept. 2010

[ACT]Som: Pagina oficial y más


Antes de nada un dos spoilers que se me habían pasado:

Y despues de eso tenemos aquí la página oficial de Mirrodin (que no de Phyrexia) en la que podrás encontrar nuevo arte con nombre p. ej. hay unciclo de cartas que se llaman Forjamyr, Forjadolor, Forjavida, Forjaenigmas y Forjabrasas y varias historias de las que os copio dos tras el salto.
Historia 1
Minhu se debatía con la espada. No era una técnica complicada, pero ella era baja para su edad y tenía los hombros débiles. Yo sabía que los demás jóvenes del escuadrón la estaban observando y juzgando sus defectos.
Miré a Anton, el joven con más potencial de ese año —y el más prometedor que había visto en los seis años que llevaba como capitán de los Acordantes. Todos tomaban a Anton como ejemplo a seguir. Desconocía aún la fuerza de su personalidad pero algo me decía que se convertiría en un gran líder.
—Anton, ejecuta las figuras del halcón —ordené. Se concentró y su espada surcó el aire impecablemente en la secuencia correspondiente. Observé la expresión de los alumnos que miraban. La mayoría no mostraban emoción alguna, pero pude ver que Hyath fruncía el ceño con envidia.
De modo que ella era la plaga del grupo, la que probablemente metería en líos a Minhu e incitaría a los otros a seguirla.
—Hyath, ejecuta las figuras angelicales —dije en cuanto Anton terminó. Pero Hyath estaba sumida en sus pensamientos de envidia y la orden la tomó por sorpresa. Efectuó la cadena a trompicones mientras yo reparaba en sus errores—. Olvidaste las posiciones tres, siete y dieciséis —indiqué con calma y se sonrojó—. Anton, enséñales las figuras angelicales.
Los dejé con el entreno y atravesé el campo hasta el lugar donde Pilat me esperaba. A su espalda, la Fortaleza del Filo se elevaba en el horizonte, los muros exteriores perfilados en el contraluz del sol de la tarde. La Fortaleza es la joya de la cultura Auriok, un núcleo comercial y de artesanía. Aunque quizá no sea imparcial ya que crecí aquí y mi familia ha participado en la política y en los Acordantes durante muchas generaciones.
—¿Progresan? —preguntó Pilat mirando a los jóvenes en el campo. Al igual que yo, Pilat era paladín de los Acordantes y nos conocíamos desde la infancia. Desde niños, nos entrenábamos en el mismo campo, bañados en el centelleo de la luz blanca que proyectaba la hierba cuchilla, tratando de blandir la espada de forma que complaciera a nuestros maestros.
—Como siempre, unas tareas les resultan fáciles y otras les cuestan más —contesté—. Acaban de empezar, pero lo conseguirán.
—Sí, pero ¿cuándo? —musitó casi para sus adentros. Era una pregunta absurda ya que los chicos eran nuevos reclutas y tendrían que cumplir tres años de entrenamiento antes de pasar al servicio activo. Y Pilat lo sabía. Algo debía de tener en mente.
—Quiero que partas mañana. Irás a la Senda de Manka. Nos han informado de numerosas... desapariciones entre aquí y Diez Escudos. Lleva contigo un grupo nutrido de reclutas. Sé que no es lo habitual, pero los demás paladines también estarán haciendo patrullas.
No contesté enseguida. No tenía programada ninguna salida en varias semanas y aquello no era muy normal. Y lo de llevarme a alumnos de primero era del todo inusual. Permanecimos en silencio unos instantes mientas los chicos realizaban las figuras. Anton corrigió la posición de Minhu pero con delicadeza, lo que me agradó.
—¿Desapariciones? —pregunté por fin.
—Entre otras cosas —dijo, vacilante.
—¿Hay algo que deba saber?
—Creo que hay un problema más grave que los bandidos en la Senda de Manka.


Historia 2

Armigan se volvió para mirarlo, hizo una mueca y se arrastró hasta la duna trémula. El áuriok que tenía a sus órdenes seguía de cerca al jefe de exploradores, que seguía avanzando. No se oía ni un susurro romper el silencio; el viento mismo se había detenido, sobrecogido en presencia del titán de platino.
No se percibía un solo movimiento en la cima; ni una mota de polvo ensuciaba el suelo en el radio de una sierpescoria..
Giró la cabeza lentamente y supieron que había detectado su presencia. Pero no se volvió hacia ellos.
Los exploradores se miraron indecisos y sin articular palabra, para apartarse avergonzados por su temor cuando el jefe, clavando en ellos una mirada de indignación, se adelantó a zancadas. De pie a la sombra de aquel ser, las gotas de sudor salpicaban su frente; no había visto tanto metal sagrado en su vida y menos aún en un solo lugar. ¿Cuántos herreros y chamanes debieron trabajar allí? ¿Cuánta luz fundida debieron destinar a la construcción de un objeto tan descomunal?
—Tan solo deseamos examinarte —dijo Armigan—. ¿Hay más... más como tú?
—Él ya no es el que era —respondió inmediatamente, con voz clara y fría.
—¿Quién es "Él"? —preguntó el jefe de exploradores, entornando los ojos y esperó un instante antes de continuar—-. ¿Memnarch? —los exploradores murmuraron al oír el nombre prohibido de los labios de Armigan. Alzó la mano.
El golem no respondió. Armigan escrutó el cuerpo de aquella mole en busca del punto donde debía haber un rostro y reparó enseguida en lo arcaico de su diseño. Debía de tener décadas, pero ahí estaba, sin una sola marca o imperfección, como si no se hubiera usado un solo día. Miró en la dirección a la que apuntaba la gema de su frente, hacia el horizonte, donde una oscuridad inaudita se arremolinaba tras la luz del día. Méfidros.
—¿Qué estás vigilando? ¿Montas guardia como centinela? —se mordió el labio; sabía lo que los jefes querrían que preguntase—. No es bueno montar guardia a solas. Únete a nosotros y...
Inclinó la cabeza hacia Armigan y su voz se desvaneció en sus labios. No se oyó el chirrido del metal cuando se movió; sólo una tenue nota de flauta de platino. —Espero a que El que jamás vendrá responda a la pregunta que le hice. Quizá la haya olvidado. Quizá lo mantenga despierto en la oscuridad. Seguiré esperando en este lugar. No puedo ir allí. Ahora no —y volvió a mirar hacia otro lado.
Armigan abrió la boca para hablar pero vaciló y se volvió hacia sus exploradores. Los áuriok se miraron unos a otros y, todos a una, se encaminaron hacia los Campos Navaja, conscientes de que los jefes no recibirían ningún informe.

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